Poesía y cuentos cortos

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Título: Cosas de Vero.
Autor:Irma Verónica Gamiño

Hoy fui a Plaza Pozuelos, porque déjame decirte que si León tiene su Plaza Mayor, e Irapuato su Plaza Cibeles, nosotros aquí en Guanajuato tenemos Plaza Pozuelos, no Mega Comercial, no, o sea, para nada, había salido de mi trabajo así que iba toda curra, muy bien vestida con un traje sastre gris, tacones del 11, me veía y me sentía excelsa.

Deambulando por los pasillos, buscando mi mandado, empujaba mi carrito cuando de pronto, un caballero no de triste figura sino por el contrario, bastante agradable y de buen ver, chocó con mi carrito y me sonrió, yo le sonreí también y seguí mi camino, más adelante nuevamente nos encontramos y me sonrió otra vez, ahora hasta un quiebre de pestañas le dediqué, “ya ligué –pensé- éste me anda tirando el calzón”, así hasta que a la quinta vez y en la sección de carnes frías, por fin me abordó, sonrisa de oreja a oreja, voz sensual y ojos coquetones, me dijo:

– “Disculpe señora, ¿ha probado las enchiladas mineras?”

-¡Ya la hice!, este cuate me va a invitar a comer –pensé yo- Claro que sí señor.

-¿Y le gustan?

-Desde luego, son deliciosas, “de aquí al restaurante” -pensé –

Con mi mejor sonrisa y derramando sex-appeal, me dispuse a aceptar la esperada invitación a comer cuando  escucho como entre sueños una pregunta:

-Disculpe  y ¿sabe con qué chile se preparan?

Casi me ahogo al detener la risa que amenazaba con salir a borbotones de mi boca,

-No señor, ese dato no se lo puedo dar.

Ni modo, pensé, uno más que se me va por no saber cocinar.

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Título: “Calles, callejones y rostros”
Por: María Dolores Cruz Juárez
Edad: 22 años.

Ya empezaba a amanecer, sus sentidos no eran los más propios ya que horas antes habían festejado la graduación de su prima. Él, en un traje gris, ella en un vestido tipo vintage que le había quitado a su madre.

Realmente no habían pasado una noche tan divertida, pero los tragos se les salieron de las manos. Llegaron a un edificio, en el cual, planeaban pasar la noche con otros amigos que también asistieron a la fiesta. En cuanto entraron al edificio, los demás se adelantaron, ella le dijo: “Espera, quiero decirte algo”, él contestó: “está bien”. Dejaron que los demás subieran, ella, sin dudarlo, se acercó provocativa, diciendo que la besara, él, sorprendido pero audaz, la agarró de la cintura y le plantó un beso lleno de recuerdos. No era la primera vez que pasaba, y a pesar de ser mejores amigos, sus intenciones habían cambiado, y el alcohol, como recurso traicionero, ayudó para deshinibirlos y poner a prueba su amistad, que más tarde se convertiría en leves muestras de amor confundidas.

Salieron corriendo del edificio, por toda la calle Alonso, buscando donde dormir, donde poder continuar con su secreto a voces.

Ella corría, aturdida, con el par de tacones en la mano derecha, mientras que con la izquierda agarraba decidida a su mejor amigo. Él mientras tanto, acostumbrado a tener el control de la situación, dejó llevarse por ella, que parecía tan segura de sí, casi como si conociera la ciudad y los callejones, incluso a las personas de memoria. Danzaba con una sutileza que parecía totalmente externa a ella, subiendo y bajando escalones, pasando por la calle de La Paz, recorriendo la Calzada de Guadalupe, las escalinatas de la Universidad, viendo todo borroso a su alrededor, pero tan claros sus rostros que era lo único que veían.

Cansados y alterados, ansiosos por llegar a su nido de amor, en la calle Sangre de Cristo, encontraron un pequeño hotel, parecía que la puerta los llamaba, pero a pesar de que ella estaba tan segura de lo que hacía, dudo por un segundo, ensimismada recordó su inseguridad, tenía pena y vergüenza ya que él aún era su mejor amigo, pero al entrar ahí, se convertiría en su amante. Él, dejó de ceder

y volvió a tomar el cargo en la situación, pero antes, se detuvo y le preguntó: “¿Entramos?”, casi altanero, sabiendo ya la respuesta, pero por respeto, insistió en dejarle la duda. Lo único que ella hizo fue acercarse, acariciar su cara, darle un beso lleno de confianza y sin ninguna palabra dicha, se adentraron en lo que sería un pedazo de lo que quedaría para siempre en sus memorias como el día más sincero de su amistad.

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Título: Si las gotas de lluvia fueran de…
Por: Adrián Mauricio Aguilar Orta

Los zapatos mojados, el sonido de gotas en el paraguas y mi reflejo en el agua encharcada de cada esquina. El asfalto se convierte en una tela teñida de luces que se reflejan cuando cae la noche, ahí se ve el rojo, amarillo y verde de los policías de tránsito automáticos; postrados en cada esquina como las prostitutas de las cuadras vecinas.

La mejor manera de entretener las manos siempre ha sido aprisionarlas en los bolsillos del pantalón. Los pasos deben ser rápidos pero cuidadosos para no irrumpir charcos que después puedan estropear mi pantalón. Si mi madre me viera, me mandaría a bañar con agua caliente para evitarme un resfriado: “el frío entra por los pies”. Qué falaces son las madres con esto del frío; si uno tiene descubierta la cabeza, el frío entonces entra por la cabeza. Quién las entiende.

Es imposible no mirar hacia el cielo, uno quiere cerciorarse de la cara que tienen los rascacielos (con su debida dimensión) que vigilan desde sus alturas. Jamás me dejaré de sorprender con las formas inimaginables (para un joven como yo) de los edificios, que sí imaginan los Señores arquitectos. Y de pronto, te ves disminuido a poca cosa.
No es sencillo pasar de ser uno entre miles, a convertirse uno entre millones. Cuando lo piensas mejor, tomas la forma de esas gotas de lluvia que caen, incuantificables. Al final de cuentas, uno piensa que de los billones de gotas que el cielo arroja al suelo, sólo una ínfima parte logra perturbar y notarse. Pasa lo mismo con las personas. Una persona que no moja y perturba, cae al suelo a estrellarse contra el duro asfalto, sin ser notada. Qué pesadez, qué presión; estamos destinados a ser gotas que den en el blanco sino, nos han inculcado, hemos fracasado.

Así como la felicidad, el fracaso es una palabra que se utiliza para etiquetar situaciones vivenciales. Nadie está seguro de qué ni cómo es, pero se sigue usando a la ligera. Es probable que quien diga “soy feliz” no sepa lo que esté diciendo en realidad, ¿cómo estar seguro de que se es feliz? Pasa igual con el fracaso, ¿cómo saber que se es fracasado en la vida? Uno puede fracasar diario, cuando se llega a destino a deshora o cuando el transporte público se aleja frente a nuestra mirada derrotada, dejándonos en la acera con una sensación de “si tan sólo hubiera ahorrado 40 segundos en la ducha, en mi cepillado de dientes, en el saludo a los vecinos”. El fracaso, como la felicidad, es pasajero y minúsculo. No sé por qué se ensañan en convencernos de que el fracasado lo es por siempre, la gente se lo toma en serio y se encharca junto con las demás gotas que se estrellaron en el pavimento, sintiéndose poca cosa. La pesadez se siente sobre ellas y olvidan lo ligeras que son, tan ligeras como para fluir.

Tantas manifestaciones y marchas por infinidad de causas, ¿por qué no marchamos para pedir que se deje acusar y presionar a la gente para ser felices y no ser fracasados? La gente es infeliz porque nos obligan a ser felices. Basta de la arrogante felicidad, la cual, nadie sabe qué es pero persiguen y obligan a los demás a buscarla. Yo sí creo que existe la felicidad, pero no se encuentra buscándola.

El fracaso es despreciado injustamente. El fracaso está en esos charcos de la calle, en esas gotas que se estrellaron en el piso y que, sin embargo, me empapan a cada paso y que me reflejan en las esquinas de las cuadras, que iluminan el gris pavimento de las calles pisoteadas por los automóviles, en las gotas que no son invisibles.
***

Llego a casa, listo para dormir con el golpeteo de las gotas sobre la ventana.

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Título: Te prefiero
Por: Alberto Pacheco

Te prefiero en pijama, descalza y a mi lado, desayunando golosinas y cenando helado.
Te prefiero entre cobijas y almohadas de niña.
Te prefiero debajo del agua, cuando la espuma toca el cielo y nuestros dedos están arrugados.

Te prefiero obstinada y con ganas de cambiar el mundo.
Te prefiero de día, al mediodía, al amanecer y cuando todo es negro.
Te prefiero.
Te prefiero corriendo entre callejones y casitas de colores.
Te prefiero cuando me miras con inocencia, tomas mi mano y me llamas por mi nombre.
Te prefiero cuando llueve y dormimos todo el día.
Te prefiero cuando me dejas entrar a tu cabeza sin restricciones.
Te prefiero en Noviembre y los otros once meses.
Te prefiero.
Te prefiero cuando sueltas tu pelo y por error llega hasta mi boca.
Te prefiero.

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Título: EL DEPARTAMENTO
Por: Alfredo Rosales Sánchez 

La primera vez que vi al fantasma era una noche lluviosa, propia de un 24 de junio, día de San Juan. Al principio pensé que había sido un sueño, pero los acontecimientos posteriores me hicieron darme cuenta que no era así.

Luego de un pesado día de trabajo, me dirijo por fin a casa. Las negras nubes aún cubren completamente la tímida Luna que se asomó hace un rato, tan sólo por unos instantes. Los faroles no alcanzan a iluminar la calle, así que piso varios charcos antes de entrar al edificio que desde hace unas semanas es mi hogar. En la puerta del departamento número 402, un gato negro con brillantes ojos azules parece aguardar mi llegada. Pese a que trato de espantarlo, no se quita, por lo cual tengo que abrir, cuidando de que no se meta. Los felinos nunca me han gustado, me dan un poco de miedo, y éste no es la excepción.

El hedor acumulado durante el día, me recibe desde la puerta, como haría un perrito con su amo, así que me dirijo a la ventana para ventilar el departamento. La humedad de las paredes provocada por años de abandono, es la causante de ese desagradable olor.

Desde el cuarto piso, donde me encuentro, alcanzo a vislumbrar a lo lejos la bola del agua, ese famoso tanque, que para muchos resulta hermoso, en especial en las noches, pues su alumbrado lo hace parecer un platillo volador. Para otros, es horrible y piensan que tapa la vista del bello Templo de San Francisco. Como sea, es una de los símbolos de esta ciudad de Celaya, a donde he venido a trabajar por unos cuantos meses, así que de alguna forma me agrada contemplarla a diario.

El precio de la renta del modesto departamento, era ridículamente barato, el agente de la inmobiliaria pareciera urgido de que se ocupara, pues ni siquiera me pidió un aval ni el mes de depósito que siempre se exige. Por si fuera poco estaba completamente amueblado. La única condición era que yo mismo tendría que limpiarlo, pues el banco a quien le pertenece el inmueble, no se toma la molestia de hacerlo. Los vecinos me comentaron que el departamento llevaba casi diez años desocupado, aunque no me explicaron porqué.

Detrás de la sala-comedor, hay dos recámaras, una junto a la otra. La más grande, a la derecha, es donde duermo, y la otra, la utilizo a manera de oficina. Sólo le añadí un escritorio viejo que un amigo me regaló.

Como suele haber muchos mosquitos en esta época del año, procuro mantenerlas con la puerta cerrada.

Entro a mi recámara para quitarme la ropa húmeda, pero mi cama me atrapa antes de haberme quitado los zapatos.

Caigo en un sueño profundo durante horas. Sólo hasta que un fuerte ruido me despierta, percibo un dolor muscular en el cuello, torcido por la incómoda posición en que me encontraba.

El sonido era el timbre de la puerta, pero al abrir, no hay nadie. Bajo hasta la entrada del edificio buscando a la persona que tocó pero no se ve quién fue. La avenida Independencia a esta hora luce completamente vacía. Un viento helado acompaña a la intensa lluvia.

Al regresar, el departamento luce diferente, como si me encontrara años atrás.

Por un momento pensé que me había equivocado, pero no es así, el número 402 en la puerta confirma que es donde vivo. Los muebles sin embargo lucen como si los acabaran de comprar, sin las manchas del paso del tiempo.

Me dirijo a mi recámara y observo algo que me estremece: Las puertas siempre cerradas, ahora están abiertas. Tal vez la de mi habitación pudo haberse quedado abierta al salir, pero la otra estoy seguro de haberla cerrado. No puedo evitar la curiosidad y entro sigiloso a la segunda habitación.

Un relámpago en ese momento ilumina el lugar dejándome ver por un instante algo que me congela la sangre:

Mi escritorio no está. En su lugar contemplo la escena de un crimen. Acuchillado, un hombre yace boca abajo a un lado de la cama. Un camino de sangre hace suponer que otro cuerpo fue arrastrado hacia el clóset.

Al pasar la centella, en el interior de la habitación todo queda en tinieblas.

Los ojos azules de un gato brillan en medio de la colcha desacomodada. Es el mismo que vi hace un rato, y al cual me aseguré de no dejar pasar. Doy un paso atrás y volteo al fondo de la habitación.

Una niña practica algunos pasos de ballet en el rincón del cuarto, cerca del closet. Sus ojos claros contrastan con el morado de sus mejillas, que denotan golpes recientes. La pequeña flota en el aire. Sus pies no tocan el piso, ni siquiera con las finas puntas que se estiran queriendo rozarlo.

La escena me hace gritar de terror. El sonido emitido por mi garganta hace brincar al gato hacia mi rostro pero ya no sé lo que ocurre después. Caigo desmayado en ese instante. Los maullidos a lo lejos, se van perdiendo en mi mente sin que logre mover un dedo.

La alarma del despertador retumba en mis oídos. Al levantar la cabeza veo que son las cinco de la mañana.

He dormido toda la noche con las ropas húmedas y los zapatos puestos. Me levanto sintiendo ese fuerte dolor en el cuello que me hace recordar parte de la pesadilla. Quisiera tomar una ducha pero me acuerdo que no he prendido el calentador, así que aún adormilado, y con la luz apagada, salgo a la azotehuela con un paquete de cerillos en la mano.

Varios periódicos viejos se encuentran arrumbados en un rincón. Tomo uno de los de abajo que están menos húmedos, y recorto un pedazo que me servirá para acercar el fuego hasta el piloto del boiler.

Al encender el fósforo, la primera plana de otro de los periódicos llama poderosamente mi atención. Luego prendo la luz para leerlo con calma. Me estremezco por las palabras e imágenes que ahí se muestran. ¡Es la vivienda en que me encuentro ahora, pero con la decoración que vi durante el sueño!  El artículo dice lo siguiente:

Celaya, Gto. Junio 25 de 1995 – “TRAGEDIA FAMILIAR”

En un pequeño departamento en el centro de la ciudad, una mujer asesinó a quien fuera su segundo esposo. Se presume que el hombre golpeaba constantemente a su hijastra, una pequeña de apenas ocho años de edad, quien tenía como afición practicar el ballet.

La noche de ayer, la mujer regresó a casa y encontró al hombre abusando sexualmente de la pequeña, así que tomó un cuchillo apuñalando a su pareja en varias ocasiones. Por desgracia, en medio de su coraje, hirió también a su propia hija, causándoles a ambos la muerte.

La mascota de la casa debió ser el único testigo de aquella tragedia. La mujer trató de ocultar los cuerpos en uno de los closets, arrastrando primero el de la pequeña, pero el del hombre le resultó imposible de mover debido a su gran peso. Enloquecida salió corriendo y al llegar a la calle fue embestida por un camión urbano, llevándola hasta el túnel de la muerte de manera instantánea.

Esto, al menos es lo que los agentes del ministerio público dieron como versión oficial luego de revisar minuciosamente la escena del crimen.

Un detalle curioso envolvió el caso: El gato que perteneciera a la pequeña, se mantuvo en la puerta del departamento, pese a que los policías trataban inútilmente de retirarlo. El tratar de capturarlo también fue un esfuerzo vano. El felino simplemente saltaba de un lado a otro impidiendo su captura, y regresando a su posición de vigilante minutos después.

De acuerdo con las autoridades competentes, el departamento será clausurado hasta que se concluyan las investigaciones.

Se espera un largo periodo de abandono para aquella vivienda

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Título: Corazón de Pobre.
Por: Oscar Mauricio Sainz Góngora

(Te conocí en Guanajuato, encendiendo tu cigarro en la madrugada: Mala suerte la mía.)

Tú, corazón de Pípila,
Tú, callejón de amor,
Hoy te fuiste a otro lado,
dejaste en mí el semblante de una momia fría,
paladar minero seco sin resurrección;
Te perdiste entre los túneles de la indiferencia,
te dejaste caer y vencer por tu pasado,
me olvidaste entre los empedrados de tus carencias,
proyectaste en mi ser todos tus inmundos pecados,
charamusca agria, llena de tristeza y desilusión, fuiste tú a mi lado;
Estoy llorando porque te fuiste,
tomándome un mezcal-dolor en este bar de lobos,
aullando porque nunca aquí estuviste,
lamentando el saco de amor que quedó tan roto,
nimiedad la tuya, algo de verdad muy triste,
soledad la mía: cenicero gordo.
A tu salud cervantina,
a tu indiferencia tan mediocre,
yo grito: ¡Viva Juárez!, ¡Viva Hidalgo!, ¡Villa Allende!
¡Viva mi espíritu de luchador de cobre!,
Viva tu aura negra que quedará en mi vida,
ruego a Dios no volver a ver nunca…tu corazón de pobre.

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A los ojos de la montaña
Serguei Vassallo Fedotkin
Nacer en Guanajuato

Despertar
es arroparse
al amanecer
con la montaña
que nunca duerme
Confiar en su sombra al escalar
Pastita,
y contemplar las aguas,
el río
mi calle
un lienzo.
Creo en las luces
al final del túnel,
en un torrente,
la vista panorámica,
mis ojos ven la vida
sin microscopio
los patos visitan a Ibargüengoitia
no hay ruinas
y en mi casa
en cada hogar
yace una vela perpetua
el meditar nocturno
mirando a las montañas,
al viajero
su primer túnel,
al explorador
la Valenciana.