Por Emiliano Ruiz Parra

Guanajuato se entregó a Mon Laferte y Mon Laferte se entregó a Guanajuato. El público abarrotó la Alhóndiga de Granaditas y la cantante chilena se sintió en casa: “me voy a quedar para siempre en Guanajuato”, dijo entre los versos de su canción El diablo: “y cuando me toca me vuelvo loca”.

“Yo sabía que me iba a gustar tocar en el Cervantino”, afirmó Laferte mientras cantaba La noche del día que llovió en verano. Y cómo no iba a gustarle, si el 4 de octubre, cuando la cantante chilena se presentó en el XLIV Festival Internacional Cervantino (FIC), el público le demostró que en esta ciudad del Bajío le sobran admiradores: 13 horas antes del concierto, a las 7 de la mañana, estaba la primera fan en la fila. Durante todo el día llegó gente. Eran las 7:30 de la tarde, faltaba sólo media hora para el concierto y la fila daba la vuelta al Museo de la Alhóndiga y seguía por la calle Mendizábal hasta llegar casi al mercado Hidalgo.

Mon Laferte salió puntual a las ocho de la noche, de vestido y tacones rojos, además de dos flores del mismo color prendidas a su cabello oscuro. La acompañaban siete músicos vestidos de smoking color de rosa: una guitarra, un bajo, batería, trompeta, trombón, saxofón y sintetizador. Cuatro lámparas de noche adornaban el escenario, que daban una atmósfera de intimidad. Estábamos en un escenario, pero también en una recámara.

Abrió con Tormento, el primer sencillo de su disco Vol. 1, el tercero y más reciente de su producción como solista. A partir de esa canción el público la acompañó en cada una de las 18 canciones. Y se trataba de un público diverso: quizá la mayoría eran millenials en sus 20 años; pero aquí y allá se encontraban seguidores de la generación de Laferte, personas en sus treinta y tantos. Muchas parejas cantaban y se abrazaban. Heterosexuales, sí, pero también homosexuales, porque Laferte se solidarizó con la comunidad gay desde 2011, cuando participó en un concierto por la diversidad sexual en Santiago de Chile.

La cantante chilena se levantaba el vestido y dejaba ver la pantorrilla: muy poquito en comparación con los casi pornográficos desvelos de Miley Cirus o Katy Perry, pero más que suficiente para prender al público: por ahí una admiradora explicaba algunos de los más de 30 tatuajes que Laferte ha hecho grabar en el lienzo blanco de su piel: unas alas de ángel en la cadera, una sirena en el muslo, el retrato de su abuela en el brazo.

Se llama Montserrat Bustamante Laferte pero usa sólo el Laferte acaso porque fue una niña criada por su abuela y su madre en los barrios de trabajadores de Viña del Mar. La chilena, de niña, entró al conservatorio pero prefirió tocar en bares de Chile. Muy joven descolló en Rojo Fama Contrafama, un programa de televisión para revelar nuevos talentos, pero una vez más prefirió la aventura. Fue a la Ciudad de México y ahí tampoco la tuvo fácil: la primera vez que le pagaron por tocar fue en el bar Pata Negra de la colonia Roma, un martes que casi no había gente.

Mon Laferte refleja en sus canciones el dolor auténtico de la cantante de blues que viene y va por el jazz, el ska, el rock. Es la sufriente empoderada, la guerrera femenina que cuando canta “soy barquito de papel / sin ti este mar se hace más grande”. Entre canción y canción sedujo al público cervantino: “Estoy impresionada, hay muchísima gente, hasta en los balcones. Llevo casi 10 años de vivir en México y nunca había venido a Guanajuato. Vendré (otra vez) sólo a pasear. A ver si alguien me invita un tecito”, dijo la mina en su acento chileno y el público respondió levantando la mano. Y sí, allá en un balcón habían colgado un letrero: “todo sería más fácil si tú me pinches quisieras”, y Mon Laferte cerró su canción llamada así Si tú me quisieras, con esa partícula tan mexicana, pinches, que le da tanto énfasis a la frase de desamor.

Cuando canta Salvador empezó a chispear. “Pidamos a los dioses que deje de llover”, dijo la cantante, y sí, se guardaron los paraguas y los impermeables porque la llovizna quedó en un saludo de las nubes. Y luego otra clave autobiográfica: la canción Cristal que, contó, le escribió a su madre “cuando se fue al cielo”: “quiero abrazarte y no me deja este cristal”.

Laferte cantó sus éxitos: Amor completo, Flor de Amapola, Orgasmo para dos. Y también Ana, una pieza de Los Saicos, el legendario grupo chileno de los sesenta que fundó el garaje en Sudamérica. La chilena se dio tiempo para celebrar –pastel y velitas incluidas— a Benito, su ingeniero de sonido, y ahí se vio la compenetración con el público que, sin invitación, empezó a cantar Las Mañanitas y ella fue la que hizo segunda.

“Mientras yo te amaba tanto tú te la fumaste toda y nada te importó”, cantó el público con la canción No te fumes mi mariguana. La cantante, un poco pudorosa, pidió que no la tomaran en serio: “diviértanse sin prejuicios”. Pero todo el mundo se la sabía.

Y para terminar su gran éxito: Tu falta de querer, esa pieza que lamenta el desinterés del amado, inexplicable para el amante, por el que cada uno de los asistentes al concierto, seguramente, había pasado. Se apagaron las luces pero ahí no acabó todo. Regresó Laferte a cantar Amor eterno, la pieza de Juan Gabriel que han asumido como un himno los mexicanos que han perdido a su madre.

Gabriela Martínez, originaria de León, había hecho la fila desde las 7 de la mañana, había cantado abrazada de su pareja los casi 90 minutos del concierto. Era tanto lo que Laferte le había hecho decir esa noche que se había quedado sin voz.